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Presentación

Repasando la historia de la ciencia tenemos la sensación de que hasta hace poco tiempo los avances eran muy lentos, y que se han venido rectificando muchos de los aspectos que habían sido dados como inmutables por investigadores anteriores.

Asimismo, nos damos cuenta de que el espacio verdaderamente científico era muy estrecho dentro de los conocimientos médicos, y que muchas de las consideraciones en las que se basaba la práctica eran completamente ajenas a la ciencia. Es fácil comprender que lo que ayudaba al enfermo a soportar sus dolencias era la presencia reconfortante del facultativo que, con una gran dosis de comprensión y de oficio de asistir enfermos, colaboraba a esperar que los recursos de la naturaleza obraran para obtener la curación de la enfermedad.

Para intentar la comprensión de la enfermedad el médico analizaba exhaustivamente los síntomas para hacerlos encajar en los cuadros patológicos que le habían enseñado. Si era vocacionalmente inquieto se preguntaba por qué sucedían las cosas, y el fruto de sus reflexiones era bien recibido mientras no se apartara demasiado de lo que era aceptado oficialmente. En tales casos, sus aportaciones eran incorporadas al conjunto del saber medico. Pero si sus conclusiones eran demasiado atrevidas, se encontraba inmerso en conflictos que las biografías de muchos de nuestros investigadores cuentan.

Actualmente los conocimientos médicos se han extendido de tal forma que es imposible abarcar todos sus campos, y al médico generalista más capacitado le resulta ya difícil mantenerlos actualizados incluso en lo que afecta a la práctica general. El lenguaje empleado por los sub-especialistas llega a ser tan críptico que a veces es difícil que los que cultivan campos afines se entiendan entre ellos. Y, sin embargo, es muy lógico el afán de conocer los mecanismos íntimos que regulan nuestra biología. La bioquímica interesa ya no solo para explicar endocrinopatías, sino como via de aproximación al funcionamiento de diversos mecanismos cerebrales que pueden, por ejemplo, estar implicados en la regulación de nuestra efectividad.

El investigador domina cada vez más a fondo una parcela de la medicina, que se va reduciendo progresivamente hasta el punto de divisarse en el horizonte aquel extremo que tópicamente se ha descrito como "la pretensión de saberlo casi todo de casi nada". Justamente a causa de esta compartimentación los mejores tratados de pediatría son obra de un grupo numeroso de pediatras, cada uno de los cuales se ha dedicado, a veces exclusivamente, a un aspecto del que se puede considerar como experto. El prestigio y la actividad docente de los investigadores del ámbito hospitalario hace que la mayor parte de los médicos y pediatras adquieran en la fase de pregrado unos conocimientos ciertamente valiosos desde el punto de vista científico o teórico, pero con una gran cantidad de datos que les servirán de poco en la práctica medica de atención primaria, y por otra parte con la total ausencia de formación en otros ámbitos mas útiles o necesarios para el ejercicio en este escenario profesional.

Por todo ello saludamos con enorme satisfacción la aparición de este curso de pediatría redactado por pediatras de atención primaria, que están en contacto directo con sus pacientes pediátricos desde las primeras etapas de la vida y que, además del cribado, tratamiento y prevención de enfermedades, trabajan con el entorno familiar cotidiano donde se desarrolla el niño, ayudando en los problemas que plantea su crecimiento y desarrollo, el rendimiento escolar, la sociabilización con los compañeros y el acoplamiento a la sociedad, así como el seguimiento y recuperación de posibles secuelas patológicas y minusvalías.

El pediatra de atención primaria se convierte así en medico y educador de la salud, del niño y la familia, lo que podrá tener un efecto beneficioso para el resto de la vida del niño. Quisiéramos resaltar la importancia que tiene el poder disfrutar de los servicios del "pediatra de confianza". En la actualidad es imprescindible el trabajo en equipo pero, con respecto al enfermo y a la efectividad de la medicina, es preciso hallar formulas para que, tanto en el hospital como en cualquier consultorio pediátrico, la familia sepa quién es el pediatra encargado del cuidado del niño, alguien que tenga nombre y apellidos, que se haga responsable de coordinar todo el equipo médico que se requiera y que, además, mantenga la relación con la familia: un pediatra al que se puedan dirigir para informarse de la situación y consultar lo que haga falta.